LAMER NO ES COMER

Aún recuerdo con emoción cuando en los años 70s se daban las negociaciones que dieron origen al nuevo tratado que nos devolvió a los panameños el control del Canal de Panamá que por casi un siglo estuvo en manos de los norteamericanos. No solo era un tema de soberanía sino también económico. Panamá recibía un pago anual de apenas un par de millones de dólares por el derecho de los Estados Unidos de administrar y ocupar la franja canalera. Obviamente, como dijera Omar Torrijos, ya no estábamos para recibir limosnas por lo que nos pertenece. Finalmente, el 7 de septiembre de 1977, la lucha del pueblo se cristalizó con la firma de los nuevos tratados que nos devolvió la plena soberanía y nos dio mayores posibilidades de aprovechar en todo su potencial el recurso estratégico de nuestra posición geográfica. Ese día nació la esperanza de un mejor Panamá para todos.

Un hecho histórico que “cambió” nuestro rumbo como nación. Las limosnas que recibíamos se iban a convertir en riquezas para el beneficio de todos los panameños. Nos mantuvimos lamiendo por casi un siglo y finalmente íbamos a comenzar a comer. Pero ¿qué pasó que seguimos lamiendo y no comiendo? Lo cierto es que, como nación, aún no superamos el hecho de que tenemos derecho a más riqueza. No me refiero a la riqueza en términos de dinero absoluto sino a la riqueza en términos de nación. Nos acostumbramos a recibir limosnas y aún después de la devolución del canal, seguimos recibiendo limosnas.

A 47 años de la firma de los Tratados Torrijos-Carter, la educación no es mejor, la salud no es mejor, la seguridad no es mejor, el costo de la vida no es mejor, las oportunidades no son mejores. Algo sucedió en el camino que hizo que los panameños siguiéramos lamiendo y no comiendo. Gran parte de la responsabilidad recae en la clase política que los panameños hemos escogido para que nos gobiernen. Pero ese no es un problema de voluntad sino de falta de criticidad y de discernimiento para saber elegir con la razón y no con la emoción y la conveniencia personal. Evidentemente, sin una buena educación que nos enseñe a razonar ha sido muy fácil para los políticos dominar las voluntades acostumbradas a lamer y no a comer.

Antes, los únicos que comían eran los norteamericanos y los empresarios. Hoy solo comen los políticos y los empresarios. El resto del pueblo sigue lamiendo y seguimos conformándonos con promesas de “chen chen” y de “mi primer empleo” sin darnos cuenta de que mientras sigamos apoyando la vieja política, nunca llegaremos a comer y seguiremos lamiendo. Necesitamos cambiar nuestro rumbo como nación y darle un giro integral a la educación en todos sus componentes, empezando por los profesores y maestros, para ayudarlos a desarrollar capacidades y competencias que garanticen generar procesos transformadores para la vida de los estudiantes. Veo propuestas de computadoras para los estudiantes y me parece bien, pero solo cuando tengamos docentes capacitados, que puedan aprovechar la tecnología y generar espacios de análisis crítico que hagan que el aprendizaje sea significativo. Necesitamos que nos enseñen a razonar. Un computador en manos de cada estudiante no es garantía de nada sin la guía y el acompañamiento de docentes formados tecnológicamente y con la mística de que todos sus alumnos aprendan. Nuestro sistema educativo parece estar más preocupado por las calificaciones que por los aprendizajes y el desarrollo del pensamiento crítico. Esto en esencia es la base del problema que nos mantiene lamiendo sin posibilidad de comer.

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Orlando Fujitsubo

Autor, Coach & Consultor

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